martes, 24 de febrero de 2009

Antonio Pérez, Traición En La Corte

("Antonio Pérez" - Obra de Antonio Ponz - Monasterio de El Escorial)


Los orígenes de Antonio Pérez de Escobar, favorito y secretario de Felipe II, no son totalmente claros.

Se sabe que nació en 1534 en Madrid, hijo natural de Juana Escobar y Tovar, dama soltera de Torrejón de Velasco. Supuestamente Juana Escobar mantenía por aquél entonces relaciones clandestinas con Gonzalo Pérez, personaje de dudoso origen judío, preparado culturalmente en la Universidad, y que dado su desmesurado interés se ordenó tardíamente como clérigo llegando a ser secretario de Felipe II.

Parece ser que fruto de estas ilícitas relaciones fue engendrado Antonio Pérez, y así lo acusaban continuamente sus enemigos, acusaciones que Gonzalo siempre negó.

Otros rumores apuntan a que su padre pudo ser Rui Gómez de Silva, Príncipe de Éboli y dueño del ducado de Pastrana entre otros, e inseparable de Felipe II desde su nacimiento cuando Ruy contaba 11 años de edad, y fue llevado a la corte. Entre él y el príncipe se forjó una estrecha relación que los hizo inseparables tanto en la amistad como en los juegos, amistad que duraría toda la vida. Posteriormente Rui Gómez de Silva fue nombrado uno de los cinco gentileshombres de cámara del príncipe iniciándolo así en su carrera política.

En 1542 Antonio Pérez fue legitimado por Carlos I como hijo de su secretario don Gonzalo Pérez para zanjar la oscuridad de su nacimiento, y posteriormente puesto a la custodia de Rui Gómez de Silva. Bajo la misma se encontraba también Juan de Escobedo, quien sería en un futuro el Secretario de don Juan de Austria, hermanastro de Felipe II.


("Principe de Éboli"- Anónimo - Coleccion particular Sevilla)


Rui Gómez de Silva crió, protegió y educó a Antonio Pérez en el ambiente de nobleza de su mansión hasta los 12 años. A esta edad pasó a estudiar en las más prestigiosas universidades europeas, tales como Alcalá, Lovaina, Venecia y Padua, de 1554 a 1557, y finalmente en Salamanca hasta 1562. Sin embargo, todas las circunstancias sobre su origen incierto mellaron al joven Antonio y determinaron el carácter que posteriormente lo mostraría como hombre envidioso y desconfiado, ambicioso e intrigante, tanto en su vida política como personal.

Este mismo año de 1562 es requerido por el príncipe de Éboli para que se trasladara a la corte con el fin de iniciar su formación política bajo la tutoría de su padre, don Gonzalo, que en ese momento desempañaba el cargo de Secretario del Consejo de Estado.

En abril 1566 muere don Gonzalo, y Antonio, apoyado por las casas nobiliarias predominantes (Medina de Rioseco, Mendoza, Vélez) es nombrado Secretario de Estado para asuntos del exterior.


Se describe a Antonio Pérez como un hombre presumido y arrogante, de buena presencia, maneras refinadas y pulcro en el vestir. Todo esto, unido a su ya gran mencionada cultura humanista, facilitó su ascensión política.


("Felipe II" - Detalle de miniatura del "Libro de Privilegios del Rey Felipe II" siglo XVI - Manuscrito Biblioteca Catedral Santiago de Compostela)

El disparatado tren de vida que llevaba, derrochando lujo y ostentación por los cuatro costados, gustoso del juego y bebedor incansable en ocasiones, hizo que el rey Felipe II interviniera, exigiéndole poner fin a tan libertina vida, y ordenándole que se casara para firmar oficialmente su nombramiento.

En 1567 se casa con Juana Coello, con quien siempre mantuvo una adhesión inquebrantable, sin embargo, la vida de vicio y libertinaje acompañaría a Antonio Pérez durante toda su vida. (Tras la muerte de Rui Gómez, Antonio Pérez se lanzó de lleno a los brazos de su viuda, la princesa de Éboli, doña Ana de Mendoza y Cerda, de quién se decía que era favorita de Felipe II).

Ese mismo año asume la responsabilidad de la parte de la Italia Española y es nombrado secretario de estado para los asuntos del citado país, cuyo cargo toma en 1568.

A partir de esta fecha su influencia sobre el rey cobro una relevada importancia.

En ese tiempo se producen una serie de hechos importantes, tanto personales como políticos en la vida del monarca, que hacen de él un hombre recogido y taciturno, introvertido y recogido sobre sí mismo, actitud que Antonio Pérez aprovecha para acercarse más aún a él e intentar hacerse indispensable del rey, quien se apoyaba en su secretario con total confianza. Así, Antonio Pérez provechó la confianza real para conseguir más poder y sobre todo para enriquecerse en su cargo

A todo esto se une, en 1569 la muerte del príncipe de Éboli, favorito del rey, hecho que lo asume más aún si cabe en su pesadumbre. Todo esto le deja abiertas las puertas para ejercer la máxima influencia sobre el monarca, pasando a convertirse en el continuador de las ideas del Rui Gómez y por encima de su otro protegido Juan de Escobedo, y haciéndose jefe efectivo del partido ebolista.


("Juan de Austria" - Anónimo. Santander. Coleccion particular)


Igualmente influyó en la decisión tomada por el rey de enviar a Flandes a Juan de Austria en compañía de su secretario Juan de Escobedo, aún en contra de la opinión del Gran Duque de Alba.


De esta decisión sacaron partido tanto el monarca como Antonio Pérez. El primero porque así ponía tierra de por medio entre él y su hermanastro Juan de Austria, joven atractivo y valeroso militar, de quién desconfiaba a raíz de conocer que empezaba a esbozar una política propia y a incumplir alguna de las órdenes recibidas. Para Felipe II Juan de Austria era una constante amenaza pues temía una traición por su parte, dado que Don Juan, en su deseo de reconocimiento como hijo de Carlos V, soñaba con ceñir corona propia.

Además Antonio Pérez se había encargado de contar al monarca ciertas conversaciones que había mantenido con Juan Escobedo. En ellas, y siempre según bajo las palabras de Antonio Pérez, Escobedo había dejado traslucir imprudentemente en sus conversaciones que Juan de Austria aspiraba a regresar a España y ocupar un puesto en los Consejos de Felipe II, retirando a éste por viejo y cansado, de la primera línea política y ocupándola así él.

El segundo, por quitarse de encima a un Juan de Escobedo que a todas luces rechazaba pues su irremediable envidia le hacían desear hacerse también con el puesto que este desempeñaba. Además la rivalidad entre ambos secretarios siempre había sido evidente.


Durante el gobierno de Juan de Austria en Flandes, Antonio Pérez aconsejó al rey una paz negociada con los rebeldes y una invasión de Inglaterra, consejo que el rey ignoró por el momento pues no se consideraba preparado para dicha invasión.


("Princesa de Éboli" - Sánchez Cohello - Colección Particular)


Por razones desconocidas, Antonio Pérez jugó con las ya tensas relaciones entre Felipe II y su hermanastro Juan de Austria e hizo aparecer a los ojos del rey como subversivas las pretensiones de éste acerca de Inglaterra (desposarse con María Estuardo y hacerse con la corona inglesa).


Pero Felipe II ya desconfiaba de su secretario, por lo que en 1578 hizo llamar a Juan de Escobedo, que llegó a la Corte para explicar la posición de su maestro al rey, lo cual podía dejar al descubierto a Antonio. Por ello, Antonio culpó a Escobedo por las ambiciones de don Juan y aconsejó al rey eliminarlo, aunque sus razones eran, entre otras cosas, porque Escobedo había descubierto sus encuentros secretos con la princesa de Éboli y amenazó con contárselo al monarca.

("Don Juan de Escobedo" - El Greco)

No se sabe de cierto si el rey tuvo algo que ver, o si tan sólo fue una conspiración entre la princesa de Éboli y Antonio Pérez, pero verdadero es que don Juan de Escobedo fue asesinado el 31 de Marzo de 1578 en la callejuela del Camarín de Nuestra Señora de Atocha, junto a la Iglesia de Santa María, en Madrid, atravesado de parte a parte de una sola y mortal estocada, en una última y desesperada tentativa por deshacerse de él.

Anteriormente, y sin que él lo supiera había sido víctima de tres intentos de asesinatos por envenenamiento, según parece todos promovidos por Antonio Pérez.

El primero, en la propia casa de Antonio, a donde Escobedo acudió como invitado de éste. Uno de sus secuaces se había encargado de servir en el vino que bebía el invitado un veneno que afortunadamente no hizo ningún efecto en la víctima.

Días después, y de nuevo invitado por Antonio Pérez, además del veneno en el vino se le introdujo una suerte de tósinato en la cocina de la casa del secretario, y se echaron unos polvos venenosos en la olla aparte de la que debido a su enfermedad, debía de comer aquél.

Este intento de envenenamiento fue descubierto, pero se responsabilizó de la misma a una esclava morisca que tenía a su cargo el aderezo de la olla. Fue denunciada, detenida y atormentada para que confesara su crimen, y a pesar de su inocencia fue ahorcada en Madrid.

(El asesinato de don Juan de Escobedo)

El fracaso de todos estos intentos motivó a los conjurados a recurrir al asesinato en plena calle, pero la decisión primera de asesinar a Escobedo fue tomada en las navidades de 1577, y contaba con utilizar arma blanca o pistola. Para ello Antonio Pérez hizo traer de Aragón algunos sicarios de su confianza.


En las fechas próximas al asesinato, Antonio Pérez se había alejado de Madrid, y el rey se trasladó a El Escorial.

Una vez realizado el atentado Antonio regresó a Madrid y despachó un correo al rey informándole del suceso. A continuación pasó a dar el pésame a su viuda e hijos de la víctima.

Se encargo personalmente de recompensar a los implicados en el asesinato, tal y como les había prometido, con cédulas que nombraban a cada uno alférez con un sueldo de 20 ducados. Les facilitó el paso de Aragón a Nápoles y allí, los tres asesinos se separaron.


A partir de aquí se ha tejido una historia, mitad realidad mitad leyenda, sobre el motivo del asesinato de don Juan Escobedo, donde tienen cabida el amor, el despecho y los celos, por de haber descubierto éste las clandestinas relaciones de Pérez con la princesa de Éboli, así como el temor a que llegara a oídos del monarca.

La realidad según parece dista mucho de esta versión, pues lo mismo que Escobedo había descubiertos las intimidades entre Antonio Pérez y la princesa, también lo había hecho sobre los oscuros entresijos que el secretario se traía entre manos, tales como la traición al rey vendiendo por dinero secretos Estado, de la que se beneficiaba también la princesa de Éboli.


Felipe II protegió a Antonio Pérez cuando los rumores del pueblo lo apuntaban como implicado en el asesinato de Juan de Escobedo, tal vez por responsabilidad o por miedo a lo que Antonio Pérez pudiera revelar si era apresado, pero resultó que al morir su hermanastro don Juan de Austria, llegaron a Madrid todos sus documentos, en base a los cuales el propio rey descubrió la trama y sarta de mentiras de las que había sido víctima por parte su secretario, y de que verdaderamente don Juan siempre le había sido fiel.

Todo esto enrareció el ambiente de la Corte española, y dieciséis meses después, determinó la caída en desgracia de Antonio Pérez y de la princesa de Éboli. El 28 de julio de 1579, ambos fueron detenidos y recluidos en la Torre de Pinto.

(A la familia de Antonio Pérez se le requirió varias veces su testimonio)

("Ante el Presidente del Consejo de Castilla" - J.Bermudo Mateos - Museo del Prado de Madrid)

El secretario fue acusado de envenenamiento, asesinato, fuga de secretos, falsificaciones de cifras y otras, que no siempre fueron las mismas, pero que sí estuvieron presentes en el asesinato de Escobedo, además de su “trato escandaloso con la princesa de Éboli”.


(Después de las torturas e interrogatorios, Antonio Pérez fue visitado por su familia)

("Antonio Pérez y su familia" - Vicente Borrás - Museo del Prado de Madrid)

La sentencia se produjo el 10 de junio de 1590 por el Tribunal de Justicia de Madrid, que lo condenaba a “pena de muerte natural de horca, y que primero sea arrastrado por las calles públicas en las formas acostumbradas; y después de muerto sea cortada la cabeza con un cuchillo de hierro y acero y sea puesta en lugar público y alto…”

Sin embargo Antonio Pérez aún se escondía un as en la manga contra el monarca: le hizo saber que aún mantenía escondido parte de los documentos en los que se le ordenaba la muerte de Escobedo. Ante esta amenaza, el rey desistió ante la Justicia de Aragón de perseguir a su secretario por el asesinato, aunque siguió manteniendo en vigor sus restantes acusaciones.


(Edicto de arresto de Antonio Pérez el 24 de mayo firmado por los inquisidores de Zaragoza)


En 1590 Antonio Pérez logró fugarse a Aragón y se acogió a la protección de la Justicia Mayor, pero fue apresado en Calatayud, desde donde fue trasladado a Zaragoza y encerrado en prisión de la Inquisición.

Allí se acogió al Fuero de la Manifestación creándose un grave conflicto entre la Justicia y la Inquisición. Todo esto provocó una revuelta cruzada con los aragoneses, quienes consiguieron poner en libertad a Antonio Pérez, que se refugió en Francia, al amparo de Enrique IV.


("Motín en Zaragoza" - Ilustación de F. Mota)

Tras vanos intentos de conseguir el perdón de la corona española, publicó en París una colección de documentos y comentarios, titulada Las Relaciones, bajo el pseudónimo de Rafael Peregrino, sobre la actuación y figura del rey Felipe II desde una perspectiva difamatoria.



Estos escritos han sido uno de los pilares de la interpretación de la historia de España dada por la Leyenda Negra.

Antonio Pérez murió en esta ciudad, en la más absoluta pobreza, en el año 1911.









("Antonio Pérez" - Detalle de un grabado de 1791 - Biblioteca Nacional de España, Madrid)


Fuentes:

*M. Fernández Álvarez “Felipe II” – Madrid, Espasa-Calpe 2002

*F. Mignet “Antonio Pérez y Felipe II” – Madrid, La Esfera de los libros 2001

*”Historia Universal” – Espasa-Calpe, S.A.

domingo, 22 de febrero de 2009

Duque De Otranto, Maestro De La Doblez


(Joseph Fouché, Duque de Otranto)
El 15 de enero de 1793 es la víspera de la votación de la Convención en la que se decidirá si el depuesto rey francés Luis XVI morirá o salvará la vida. Joseph Fouché (1759-1820), diputado por Nantes, asegura a sus correligionarios, los moderados girondinos, representantes del clero y la burguesía, que votará no a la ejecución. Desde que pisó la Asamblea, Fouché ha sido muy discreto y se ha dejado notar lo menos posible. Pero esta vez la votación no es secreta, y Europa entera espera el resultado, ansiosa por ver hasta dónde son capaces de llegar los republicanos franceses en el establecimiento de un nuevo orden. En las calles, los agitadores instigados por los radicales del partido de la “montaña”, liderado por Robespierre, movilizan a los parisienses a pedir la cabeza del ahora ciudadano Luis Capeto, prisionero en el Temple. El 16 de enero de 1793, cuando Fouché sube al estrado para otorgar su voto, todavía no está claro el triunfo del no. Pero ante la sorpresa de sus amigos, los girondinos, Fouché les traiciona y vota a favor de la ejecución del rey. Fouché, que sabe ver como nadie el derrotero que van a tomar los acontecimientos, ha llegado a la conclusión de que los radicales se impondrán, y a partir de ese día y durante un tiempo será uno de los más exaltados de entre ellos. El resultado final de la votación es bien conocido: Luis XVI y María Antonieta serán decapitados en la guillotina, entre los vítores del pueblo.
El 1 de agosto de 1815, Joseph Fouché entra en la iglesia para casarse con la joven condesa de Castellane, exponente de la más rancia aristocracia. Fouché no es ahora un furibundo diputado republicano, azote de ricos y curas. Es el duque de Otranto, ministro de Policía del rey. Y como primer testigo del contrato de desposorios del regicida y la condesa firma… el propio rey Luis XVIII, hermano del guillotinado Luis XVI. ¿Cómo es posible?, se dirán. ¿Quién fue ese hombre, capaz de cambiar de bando de un modo tan hipócrita, y de mantenerse en la escena política? ¿Por qué el rey Luis XVIII se avino a ser testigo de la boda de uno de los asesinos de su hermano? Y lo increíble es que las dos escenas descritas, al principio y al final de su carrera política, no son más que dos ejemplos de una trayectoria vital, la de Joseph Fouché, tan despreciable como fascinante.
(Luis XVIII)

Durante más de veinte años, en una de las épocas más convulsas y determinantes de la Historia, Fouché, manejando los hilos tras el escenario, cambiando de partido y haciéndose imprescindible para sus superiores, fue uno de los hombres más poderosos de Francia. Sobrevivió a la Convención, al Directorio, al Consulado, al Imperio, a la corta Restauración, a la vuelta de Napoleón en los célebres Cien Días y al segundo Directorio, y mordió el polvo definitivamente cuando Luis XVIII, testigo de su boda, le humilló, desterrándole.
Imperturbable, educado en el seno de la Iglesia, dejó a sus espaldas miles de cadáveres reales y cientos de cadáveres políticos, algunos de la talla de Danton, Robespierre, Barras, Carnot, o el mismísimo Napoleón. Para ello se valió primero de su habilidad política en la sombra, y más tarde, del manejo de la ingente información de la que dispuso como ministro de Policía para sucesivos Gobiernos en un periodo de 16 años. Llegó a tener a Josefina en nómina, y se dice que no había conversación de tres o más personas sobre cualquier asunto relevante que no llegara a sus oídos.
Sobre Fouché se han vertido muchas opiniones, o más bien meros insultos, ya sea por parte de sus contemporáneos, o de quienes posteriormente se han interesado en su figura. Amoral, demoniaco, taimado, maquiavélico, reptil, artero, frío, cínico, cruel, siniestro, intrigante, feo, traidor, asesino. Chateaubriand definió la escena de su escandalosa boda, en la que el cojo Luis XVIII se ayudaba de su ministro para caminar, como “el vicio apoyado en la traición”. Para Robespierre, amigo de juventud y, después, encarnizado enemigo, Fouché era “un bajo y despreciable impostor… un hombre cuyas manos están llenas de botín y crímenes”. Según Heinrich Heine, poeta romántico alemán del siglo XIX, fue “un hombre que ha llevado su falsedad hasta el punto de publicar, después de muerto, unas memorias falsas”. Talleyrand, aristócrata y gran diplomático, enemigo de Fouché, dijo de él que “desprecia tanto a la humanidad porque se conoce demasiado bien a sí mismo”. Pero a veces la crítica esconde una admiración poco disimulada. Napoleón, de quien fue ministro de Policía, escribió: “Sólo he conocido a un traidor verdadero, perfecto: Fouché”. Balzac, que le dedicó más de una página en su novela Un asunto tenebroso, le define como “un genio singular, la cabeza más brillante que he conocido”. Y Stefan Zweig, autor de la magnífica biografía Fouché: un genio tenebroso, acaba la obra con las palabras: “… fue el más excepcional de los hombres políticos”.
Porque este hombre, además de malo, fue astuto, osado, inteligente, meticuloso, prudente, y un fenomenal analista político. Nos guste o no, como ministro de Policía estableció una organización tan perfecta en el mantenimiento del orden, mediante espías y gendarmes, que fue tomada como modelo de los ministerios del Interior décadas más tarde. Firmaba sentencias de muerte si lo consideraba necesario para continuar en su puesto, pero en privado abogaba por el terror sin sangre. Humillaba y perseguía a los curas en público, pero les avisaba con tiempo para que huyeran. Sabía que se estaba representando en un teatro parisiense de barrio La veleta de Saint-Cloud, una comedia en la que se mofaban de su facilidad para cambiar de chaqueta y arrimarse al poder, pero no la prohibía. Se convirtió en el primer terrateniente del país, pero compensaba a quienes había robado. Conspiraba contra todos los Gobiernos para los que trabajaba, pero sólo cuando se daba cuenta de que tenían los días contados.
Como animal político era un depredador, con el único objetivo de su propia supervivencia, pero infinitamente más hábil que muchos de los políticos que vemos hoy en las portadas de los periódicos: además de cambiar cromos y disfrutar del poder, era capaz de reducir los daños de las decisiones tomadas por el Gobierno en situaciones que sólo él leía de un solo vistazo. Cuando Napoleón mandó secuestrar en terreno neutral al duque de Engen y fusilarlo, Fouché comentó: “Fue peor que un crimen: fue una equivocación”. Y tras traicionar al emperador, dijo: “No he sido yo quien traicionó a Napoleón: fue Waterloo”. No era un psicópata, ni una bestia, ni un torturador, ni un asesino al uso. Este mago de la doblez era quizá algo peor. No era nada. En él la idea de que el mal, en contra de lo que piensa mucha gente, es sencillamente banal y aburrido, se tambalea. Su contradictoria y escurridiza figura da miedo porque atrae y se hace difícil que, leyendo alguna de sus frases crueles o el relato de sus fechorías, no se nos escape una incómoda sonrisa.
Tampoco nos podemos apoyar en una infancia terrible, como se suele hacer, para explicar su carácter.
(Puerto de Nantes, lugar de su nacimiento - grabado sobre 1828)
Nació el 31 de mayo de 1759 en el puerto de Nantes, hijo de un capitán de la marina mercante, y si sus padres le maltrataban, no ha quedado constancia. Y fue un marido y padre ejemplar. Adoraba a su primera mujer, dicen que feísima, y a sus hijos, pelirrojos, malsanos y todavía más feos que su mujer. Como él era también desagradable físicamente –esmirriado, ojos de pez, pálido, seco–, podemos convenir que todos ellos formaban una familia de aspecto horrible pero bien avenida. La muerte de sus hijos y de su mujer supusieron para Fouché los golpes más terribles que recibió. De su segunda mujer, la joven condesa, ya pasada la cincuentena, apenas disfrutó. Había caído en desgracia, vivía en el destierro, y ella le ponía los cuernos, para mayor escarnio, con el hijo de un republicano exiliado. A veces, también a Fouché la vida le devolvió algún golpe.
Entre los crímenes más terribles que cometió está el que le confirió el sobrenombre del mitrailleur de Lyón. En 1792 es enviado como procónsul a Lyón, ciudad que se había levantado contra la Convención, y había sido derrotada. En tres meses, junto a sus colegas, se ocupa de la demolición de los más bellos palacios y casas de Lyón, y en sucesivas matanzas, de la ejecución de dos mil habitantes. Así, ganándose a pulso la fama de duro, salva su cabeza frente al sanguinario Comité de Salud Pública, que exigía una represión ejemplar. Y aunque en principio logre más tarde echar la culpa a otro, el recuerdo de estos crímenes y de otros muchos le acompañó hasta la tumba, allí en Trieste, lejos de Francia.
Para despedir a Joseph Fouché, quizá sirva el diálogo que mantuvo con el honesto Carnot, viejo militar republicano, cuando éste se enteró de que su compañero jacobino de tantos años había vendido la República a Luis XVIII, y que eso suponía para él la muerte o el exilio. Carnot le pregunta: “¿Y adónde voy ahora?”. Y Fouché, despiadado, responde: “Adonde quieras, majadero”. No es un diálogo en el que Fouché derroche ingenio, como en otras ocasiones. Mejor. Así le vemos tal como fue para quienes se interpusieron en su camino. No en vano el blasón de su ducado mostraba una columna áurea con una serpiente enroscada.
Fuentes: El País - Nicolás Casariego, 28/08/2005

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